En el Chile contemporáneo, las infancias se han convertido en un espacio central de disputa política, cultural y simbólica. Lejos de ser un territorio neutral, aquello que se enseña, se omite o se protege en torno a niños y niñas refleja proyectos de sociedad en tensión. Hoy, estas disputas atraviesan los derechos humanos de las infancias, la organización de los cuidados y el sentido mismo de la educación.
Reconocer a niños y niñas como sujetos de derechos implica mucho más que garantizar su protección. Supone asegurar su derecho a una educación digna, plural y situada, capaz de dialogar con la diversidad cultural, la memoria histórica y las distintas experiencias que conviven en el país. Sin embargo, este enfoque choca con discursos que, bajo la idea de “resguardar a la niñez”, buscan limitar el pensamiento crítico y excluir miradas interculturales o decoloniales.
En Chile, los cuidados —emocionales, educativos y domésticos— siguen recayendo de manera desproporcionada en las mujeres. Este trabajo, fundamental para la vida cotidiana y la experiencia educativa de los niños y niñas, permanece invisibilizado y poco valorado. Este desequilibrio no es solo una injusticia de género; es un problema político. La forma en que organizamos la vida diaria y se distribuyen los cuidados refleja decisiones del Estado, prioridades educativas y políticas de bienestar social.
«La educación chilena expresa con claridad estas tensiones. Mientras se prioriza la estandarización, la competencia y la eficiencia, se invisibiliza el rol afectivo, social y comunitario que cumplen docentes y escuelas.»
En Chile, estas decisiones se expresan, por ejemplo, en el peso que han tenido durante décadas las evaluaciones estandarizadas y los sistemas de rendición de cuentas, como el SIMCE, que han orientado la acción educativa hacia el rendimiento y los resultados medibles. Este énfasis ha tendido a desplazar tiempos, recursos y reconocimiento del trabajo de acompañamiento afectivo, del cuidado socioemocional y de la construcción de vínculos comunitarios que sostienen la experiencia escolar cotidiana, especialmente en contextos de mayor desigualdad. Cuando estos cuidados se ignoran, se delegan al esfuerzo individual o se consideran secundarios, la vida de las infancias se ve afectada y se limita su desarrollo integral.
La educación chilena expresa con claridad estas tensiones. Mientras se prioriza la estandarización, la competencia y la eficiencia, se invisibiliza el rol afectivo, social y comunitario que cumplen docentes y escuelas. Un ejemplo de ello es la escasa institucionalización del cuidado socioemocional en el sistema educativo; aunque docentes y equipos escolares asumen cotidianamente labores de contención, acompañamiento y cuidado ,que se intensificaron tras la pandemia, estas tareas suelen recaer en el compromiso personal, mayoritariamente femenino, sin reconocimiento suficiente en condiciones laborales, formación, ni apoyo psicosocial estable. La ausencia de equipos interdisciplinarios permanentes en muchos establecimientos muestra que el cuidado no ha sido asumido como una responsabilidad estructural del sistema, sino como un esfuerzo invisible que se sostiene a costa del desgaste de quienes educan.
El giro hacia la derecha en el debate público no es neutro, sino una decisión política consciente que redefine qué se considera valioso y legítimo en la infancia y la educación. Bajo la retórica de “proteger a los niños” y preservar valores tradicionales, se cuestionan avances en derechos, se legitiman roles de género desiguales y se intenta presentar la educación como un espacio supuestamente apolítico. Pero la educación nunca es neutral; cada currículo, cada norma y cada omisión refleja elecciones de poder. Deslegitimar los cuidados, invisibilizar el trabajo afectivo y restringir la educación crítica no ocurre por accidente, sino como resultado de decisiones políticas que condicionan la vida de las infancias y la sociedad que construimos. Pensar las infancias hoy exige una mirada integral. Defender sus derechos humanos implica reconocer y valorar los cuidados, cuestionar las desigualdades de género y sostener una educación que forme sujetos críticos y responsables. Lo que decidamos enseñar, cuidar u omitir hoy definirá la sociedad que habitamos mañana.
Por Catalina Villalobos Díaz. Licenciada en Educación, profesora, literata, activista, especialista en infancias y derechos humanos.





