Artes escénicas

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A veces basta con mirar el cielo

Un comentario sobre “Nube”: la última creación de José Vidal y Compañía

“Nube” es el título de la obra que la compañía chilena con trece años de existencia da a su última creación. Recorrido que no sólo da cuenta de la madurez artística de José Vidal, un creador que consolidó un lenguaje propio –sin dejar de ser mutable–, sino también demuestra que en Chile la trayectoria se sigue celebrando con crowdfundings y colaboraciones alejadas de un apoyo estatal. Sin embargo, esto no es impedimento para disipar (o no) las nubes, que pese a la escasez de agua, logran condensarse de una manera bella y sublimarse en el espacio. 

Son quince les danzantes que dan vida a esta nube homogénea y envolvente que transforma el espacio durante alrededor de sesenta minutos. Su cualidad ondulante, gaseosa, liviana y contundente a la vez se transforman en el leitmotiv que persiste y articula la experiencia. Porque “Nube” es sobre todo una experiencia que trasciende un único relato discursivo para dejarse ver, para dejarse habitar. De este modo, se vuelve una obra tremendamente generosa y autovalente. 

Por un lado, generosa porque lejos de buscar una lucha en particular y encarnarla en un discurso, forzando un relato del cual la sustancia de la obra no se vale, más bien comparte un dispositivo escénico del que nos hace parte, dejando que seamos nosotres quienes pongamos la interpretación en lo que es siempre mutable. Por otro lado, la obra es autovalente, ya que no posee pretensiones de ser aquello que no es,  por ende, se hace cargo de cada uno de los detalles que pone en escena. Desde ese lugar, se torna un todo coherente, que lejos de ser críptico te hace parte del hecho estético. 

Fotografía de Patricio Melo

Dicho de otro modo, la obra se basta por sí sola, y así  posibilita  un espacio para contemplar, para descansar la mirada, para sentirse invitado al encuentro. Al igual como quien percibe una flor, cuyos colores y olores despiertan algo en nuestra piel, así también es mirar el cielo. No perdemos el tiempo con preguntarnos: “¿de qué se trata esta flor? ¿Qué me quiere decir con todo esto?”, sino que la naturaleza se deja contemplar más allá de las subjetividades, con lo que aparece lo universal de su belleza. 

“Nube” es una obra bella que me recuerda el amor a la naturaleza profesado por románticos como Goethe y Humboldt, y desde este lado de la cordillera, al espíritu de Humberto Maturana y Gabriela Mistral.  En la diversidad y diferencia de sus trabajos apelaron a concebir el mundo como una totalidad interconectada, una concepción unitaria de la materia que, queriéndolo o no, se vuelve mística. Esta visión nos recuerda que, ante tanto alboroto, a veces basta con mirar el cielo, para relacionarnos con nuestra impermanencia. “Nube” nos convoca a esa belleza, y como en un juego de niños que intentan darle un nombre a esa nube uniforme que pasa por el cielo, nos invita a la contemplación del cambio permanente. 

Equipo de «Nube»

Todo esto es posible gracias a que José Vidal y su equipo son capaces de poner el mismo nivel de importancia en cada una de las áreas involucradas para llevar a cabo la obra de arte. Mediante una operación igual a la naturaleza misma, la pieza se articula como un ecosistema interdependiente. Les bailarines hacen de lo suyo, ya que existe una especie de ciclo hidrológico de por medio, que hace posible la creación. 

El diseño del espacio escénico a cargo de Julio Escobar Mellado hace de tierra fértil para que caiga el agua y sus semillas, que nos envuelve en un no lugar que contiene y oculta, ya que a través de cortinas que suben y bajan cual pestañeo, la relación de aspecto que existe en el cine se vuelve teatral, haciendo que la ventana que nos permite mirar el cielo cambie a lo largo de la obra: de esta forma lo que se oculta queda abierto a nuestro propio imaginario. Lo mismo ocurre con el diseño lumínico, también a cargo de Escobar, que nos permite viajar por distintas tonalidades de amarillos, naranjas y a ratos cian. La predominancia de temperaturas cálidas susurran atardeceres que trascienden temporalidades y ocultan cuerpos que se pierden en el horizonte. 

Fotografía de Patricio Melo

El diseño sonoro, a cargo de Andrés Abarzúa, a través de sintetizadores y efectos que podrían ser bien de este mundo o venir de otro planeta, hace de la experiencia un goce independiente, ya que a ratos la masa danzante se mueve con la música, como si su sonido fuera la consecuencia de sus extremidades, mientras que en otros momentos se mueve contra la música o sin ella. Estos recursos permiten la diversidad de motivos corporales: no una danza al servicio de una música ni un sonido al servicio de una danza, sino dos organismos vivos en manifestación recíproca e interdependiente. 

Por último, el vestuario a cargo de SISA es atractivo y cumple con su objetivo, sin ser  ni más ni menos de lo que es, lo que permite que el cuerpo danzante pertenezca a una misma piel viviente y que los movimientos de les bailarines se desenvuelvan sin dificultad. 

Si tienen ganas de pasarse unos minutos en el cielo, recomiendo esta obra. Para información práctica visiten gam.cl 


FICHA TÉCNICA

Comentario/Reseña escrita por: Lucas Sáez Collins Edición Preliminar y Correcciones: Drago Yurac 

Performers Antonio Rivas, Francisca Concha, Jorge Olivera, Maira Aldana, Marahui Cárdenas, Marcel Torres, Matías Castro, Matthias Chacón, Melissa Briones, Natalia Bakulic, Pedro Drapela, Raffaella Di Girolamo, Rommy Rojas, Vivian Odeth Moreno, Yanara Salinas | Diseño Espacio Escénico Julio Escobar Mellado | Música- Diseño Sonoro Andrés Abarzúa | Diseño Lumínico Julio Escobar Mellado | Vestuario: SISA | Producción Antonia Cea, Catalina Avaria | Asistentes Ioanna Kerasopoulou, Loreto Leonvendagar | Jefatura Técnica Julio Escobar Mellado | Tramoya Eduardo Gallagher | Dirección Jose Vidal | Agradecimientos Diego Barrera Bustamante Coproduce GAM, KAMPNAGEL Colaboran: Ceina, Centro NAVE, Escuela de Teatro de la Universidad de Chile y Academia Pulso.

Más trabajos en torno a las artes escénicas aquí.

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